Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer.
Todo gracias a la mujer que ha hecho que mi vida tenga sentido; esa mujer que ha convertido mi infernal vida en algo parecido al Paraíso. Celia no es mi madre, me ha enseñado que nunca debo permitir que llegue al nivel de serlo, pero yo sé que ella está pinchando la línea que delimita los de la familia con los que no lo son.Celia estaba a punto de entrar en el convento cuando me encontró. Ya había pasado los veinte cuando vio una cesta con un bebé dentro, yo. Mi madre murió en el parto, mi padre tuvo que exiliarse y no quería que mi vida terminase tan pronto. Junto a mi cuerpo envuelto de montones de trapos para que no me enfriase demasiado había una extensa carta con el pasado de mi familia.
Mi nueva cuidadora cogió la cesta y volvió a su casa. Ella, gracias a Dios, era más afortunada que mi perdida familia y en su hogar la comida, el calor y el amor solía abundar. Crecí allí con ella, con también sus padres, casi mis abuelos, pero ellos pronto murieron de una extraña enfermedad tan contagiosa, que tuvieron que aislarlos en un hospital lejos del mundo. Nunca supimos nada más de ellos, sólo recibimos un paquete con sus cenizas.
Ahora soy yo quien debe llegar a los veinte. A mis dieciséis, estoy sola. Me han quitado a Celia.
Mi padre, en la carta, decía que algo muy malo pasaría antes de la mayoría de edad. Cuenta que algo le ha dicho que tengo algo maldito, y debo arreglarlo cueste lo que cueste, porque tengo el poder suficiente para hacerlo.
Celia está en un campo de internamiento para mujeres. Hace poco llegó un dibujo, que había enviado un sargento, demasiado detallado donde la vi a ella picando piedra. Su tez blanca parecía sucia y más oscura. Su ropa estaba hecha trizas; su rostro contraído, aguantaba las ganas de llorar. Más lejos de su cuerpo observé la figura de alguien vestido de uniforme, con una vara en la mano, arqueando la espalda a causa de grandes carcajadas.
Mi casi-madre estaba encerrada en un campo de concentración para mujeres. Mujeres contrarias a la revolución, contrarias a la dictadura. Ella sólo quería vivir en paz, las dos queríamos eso sólo.
Pero debo luchar para aliberarla, a ella y a todas. No les toca vivir esa miseria. A nadie le toca vivir encerrado forzosamente. Va en contra de nuestros ideales, y haremos lo que sea para que sean reconocidos.
Mi padre me apoya, sé que desde el cielo, o el infierno, o a mi lado, o donde esté, sé que cree en lo que digo. Sé que mi madre también. Ellos lucharon hasta el final, nunca quisieron perder las ganas de vivir porque es lo más bonito que hay. La carta de papá concluye: la vida no tiene sentido, no tiene ninguna finalidad, es un camino para llegar a ningún sitio. Pero no te lo voy a negar: disfrútala como nunca vas a disfrutar nada. Lucha por lo que crees, Celia; la vida es maravillosa.
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