Después de preguntarle a Jacques, me dispuse a irme. Me daba vergüenza, o quizá miedo que supiese quién era yo, y hasta dónde había llegado; mientras que él se quedó en nuestro pueblo, como un triste campesino al cual los años le habían producido graves daños.
Le di algunas monedas y finalmente me alejé de su casa, de él, de su nieto. A cada paso que daba sentía una puñalada en mi corazón. En lo más profundo de mí existía el pensamiento de volver atrás y decirle la verdad. Y a cada paso que daba ese pensamiento se hacía más y más grande, hasta que no podía aguantarlo.
Sin pensar me giré, volví corriendo hacia su puerta, grité para que no me ignorara, para que no cerrara la puerta y dejara de verlo. Corrí y corrí hasta llegar otra vez al lado del niño.
-¡Jacques! - intentaba recuperar el aire.
- ¿Cómo sabe mi nombre, mi señora? - se le veía a la cara que estaba muy sorprendido, ¿cómo una mujer tan bien vestida podría saber de su existencia?
- No soy tu señora, Jacques... - Quería escupir quién era, pero no me salían las palabras. - No lo soy...
Él me miraba con duda, y yo peleaba en mi interior. Tenía que dejar de ser cobarde, escapar otra vez ya sería mucho más que vergonzoso, no podía desaprovechar esta ocasión, era mi primera y última para hablar con él.
Respiré profundamente.
- Soy Leola, Jacques. Tu Leola.
Abrió los ojos tanto que pensaba que se le quedaron agarrotados. Se quedó en ese estado durante un minuto más o menos, hasta que reaccionó.
- Leola... - los ojos se le llenaron de lágrimas y vino hacia mí para abrazarme. Hacía mucho tiempo que no sentía un abrazo tan sincero como ese. No necesitamos más palabras, nos lo dijimos todo. Él me dijo que no podía estar con él, y yo le dije que ya lo sabía. Que me iba con unas chicas y que había vivido mucho. Le dije también que le quería, él también a mí.
Estuvimos varios minutos con los brazos entrelazados y conversando sin abrir la boca.
Su nieto seguía jugando, su mujer nos miraba con una sincera sonrisa.
Le di algunas monedas y finalmente me alejé de su casa, de él, de su nieto. A cada paso que daba sentía una puñalada en mi corazón. En lo más profundo de mí existía el pensamiento de volver atrás y decirle la verdad. Y a cada paso que daba ese pensamiento se hacía más y más grande, hasta que no podía aguantarlo.
Sin pensar me giré, volví corriendo hacia su puerta, grité para que no me ignorara, para que no cerrara la puerta y dejara de verlo. Corrí y corrí hasta llegar otra vez al lado del niño.
-¡Jacques! - intentaba recuperar el aire.
- ¿Cómo sabe mi nombre, mi señora? - se le veía a la cara que estaba muy sorprendido, ¿cómo una mujer tan bien vestida podría saber de su existencia?
- No soy tu señora, Jacques... - Quería escupir quién era, pero no me salían las palabras. - No lo soy...
Él me miraba con duda, y yo peleaba en mi interior. Tenía que dejar de ser cobarde, escapar otra vez ya sería mucho más que vergonzoso, no podía desaprovechar esta ocasión, era mi primera y última para hablar con él.
Respiré profundamente.
- Soy Leola, Jacques. Tu Leola.
Abrió los ojos tanto que pensaba que se le quedaron agarrotados. Se quedó en ese estado durante un minuto más o menos, hasta que reaccionó.
- Leola... - los ojos se le llenaron de lágrimas y vino hacia mí para abrazarme. Hacía mucho tiempo que no sentía un abrazo tan sincero como ese. No necesitamos más palabras, nos lo dijimos todo. Él me dijo que no podía estar con él, y yo le dije que ya lo sabía. Que me iba con unas chicas y que había vivido mucho. Le dije también que le quería, él también a mí.
Estuvimos varios minutos con los brazos entrelazados y conversando sin abrir la boca.
Su nieto seguía jugando, su mujer nos miraba con una sincera sonrisa.
0 comentarios:
Publica un comentari a l'entrada