Cuando acabé de cenar con Leola, me fui a mi habitación. León estaría a punto de llegar y yo no quería interrumpir su arrebato de pasión. Conmigo se marcharon también Alina, Filippo y Guy. A éste último le acompañé hasta su cama y le empecé a cantar una nana, pero pronto quedó dormido.
Me dirigí hasta mi cuarto y al cabo de unos minutos me tumbé en mi lecho. Estaba muy cansada, creo que ya me estaba haciendo un poco mayor... parecía mentira, pero debía ser la realidad.
Mis ojos ya se cerraban, mi mente se estaba desconectando del mundo y me estaba llevando hacia otro... casi no sentía nada, pero unas náuseas repentinas hicieron despertarme de mi plácido sueño.
Sentí un dolor de cabeza muy intenso, intenté alcanzar la puerta pero todo lo que me rodeaba estaba distorsionado. Veía doble o triple, sentía voces. De repente vi a Leola y a León juntos, besándose, y les oí diciendo palabras sin sentido. Luego me vi en Avalon, entre sus magníficos jardines y la gente feliz, aunque pronto el paisaje cambió. Cada vez me sentía más y más mareada, parecía que iba a vomitar todo mi interior.
Me desperté y mis náuseas culminaron echando toda mi cena al suelo. Una sustancia verdosa se deslizó desde mis labios hasta el suelo. Respiraba ruidosamente, con los ojos bien abiertos, sorprendida. ¿Qué me estaba pasando? Que yo recordara, en los últimos días no probé ninguna poción, ni comí nada en demasiado mal estado.
Cerré los ojos y intenté calmar mis arcadas. Al cabo de unos segundos sentí pasos. El enemigo ya había llegado, seguro. Nadie había avisado. Leola y León estaban allí. Y Guy, y Alina y Filippo. Tenía que levantarme, mi obligación era salvarles, pero era imposible.
Se acercaban, abrieron una puerta y ya estaban aquí. Estaba rendida. Me sentía inútil. Por mi culpa morirían todos, si aún no los habían matado.
Conseguí ver algo. Eso no era nuestra casa. ¿Qué era todo eso? Habían elementos muy extraños que cualquier individuo de mi mundo hubiera catalogado como embrujados. Una bola de cristal iluminaba toda la sala, donde habían tres personas limpias. Estaba fascinada. No sabía dónde estaba pero quería quedarme.
Un perro saltó y empezó a lamerme. Los hombres me miraban atónitos y gritaban palabras que no lograba entender. "Me llamo Nyneve. ¿Quiénes sois?", decía. No me contestaban. Me llevaron hasta una palangana gigante llena de agua y me desnudaron. Entré y me hundí en el agua limpia, dejándola marrón. Vaciaron el recipiente y volvieron a llenarlo de ese agua tan... no tenía palabras para describir esa sensación. Me frotaban con una esponja y un jabón, su aroma era tan perfecto que pensaba que había llegado a Avalon. Empecé a dejar el mal olor a un lado y mi piel quedó impregnada de jazmín.
Me secaron, me dieron unas ropas extrañas que nunca había visto. Parecían de pobre, pero estaban perfectamente limpias, sin ningún rasguño. La ropa interior era minúscula. Pregunté por un camisón pero no me dijeron nada.
Finalmente abrieron una ventana y lo entendí. Seguro que habían pasado muchos siglos para llegar a eso. Era de noche, pero la ciudad estaba iluminada. Había unos extraños carros sin caballos que los empujaran que viajaban con una velocidad impresionante. Unos enormes carteles también iluminados decían cosas que no entendía. La gente paseaba por las calles, sin espadas, sin dagas, sin yelmo, sin miedo. Eso no era Avalon, pero debía ser algo parecido. Quería quedarme allí.
Fue tan grande mi impresión, mi felicidad, que me desmayé. Volví a sentir náuseas y viajé en el tiempo. Me desperté y volví a estar en esa sucia habitación, mi lecho en un rincón del suelo, un montón de paja amontanada. Me puse a llorar y Leola vino a por mí. Me preguntó qué pasaba y yo no sabía qué decirle, me iba a decir que estaba loca. Me abrazó, pero yo no tenía consuelo. Quería volver a ese mundo, necesitaba volver. Me sentí tan desgraciada, tan pobre... mi vida era tan triste, quería tener alucinaciones otra vez, no quería quedarme aquí.
Respondí al abrazo de mi amiga, me hundí en su pecho. Ella dijo que olía bien. "Tienes que dejarme tu nueva poción".
Me dirigí hasta mi cuarto y al cabo de unos minutos me tumbé en mi lecho. Estaba muy cansada, creo que ya me estaba haciendo un poco mayor... parecía mentira, pero debía ser la realidad.
Mis ojos ya se cerraban, mi mente se estaba desconectando del mundo y me estaba llevando hacia otro... casi no sentía nada, pero unas náuseas repentinas hicieron despertarme de mi plácido sueño.
Sentí un dolor de cabeza muy intenso, intenté alcanzar la puerta pero todo lo que me rodeaba estaba distorsionado. Veía doble o triple, sentía voces. De repente vi a Leola y a León juntos, besándose, y les oí diciendo palabras sin sentido. Luego me vi en Avalon, entre sus magníficos jardines y la gente feliz, aunque pronto el paisaje cambió. Cada vez me sentía más y más mareada, parecía que iba a vomitar todo mi interior.
Me desperté y mis náuseas culminaron echando toda mi cena al suelo. Una sustancia verdosa se deslizó desde mis labios hasta el suelo. Respiraba ruidosamente, con los ojos bien abiertos, sorprendida. ¿Qué me estaba pasando? Que yo recordara, en los últimos días no probé ninguna poción, ni comí nada en demasiado mal estado.
Cerré los ojos y intenté calmar mis arcadas. Al cabo de unos segundos sentí pasos. El enemigo ya había llegado, seguro. Nadie había avisado. Leola y León estaban allí. Y Guy, y Alina y Filippo. Tenía que levantarme, mi obligación era salvarles, pero era imposible.
Se acercaban, abrieron una puerta y ya estaban aquí. Estaba rendida. Me sentía inútil. Por mi culpa morirían todos, si aún no los habían matado.
Conseguí ver algo. Eso no era nuestra casa. ¿Qué era todo eso? Habían elementos muy extraños que cualquier individuo de mi mundo hubiera catalogado como embrujados. Una bola de cristal iluminaba toda la sala, donde habían tres personas limpias. Estaba fascinada. No sabía dónde estaba pero quería quedarme.
Un perro saltó y empezó a lamerme. Los hombres me miraban atónitos y gritaban palabras que no lograba entender. "Me llamo Nyneve. ¿Quiénes sois?", decía. No me contestaban. Me llevaron hasta una palangana gigante llena de agua y me desnudaron. Entré y me hundí en el agua limpia, dejándola marrón. Vaciaron el recipiente y volvieron a llenarlo de ese agua tan... no tenía palabras para describir esa sensación. Me frotaban con una esponja y un jabón, su aroma era tan perfecto que pensaba que había llegado a Avalon. Empecé a dejar el mal olor a un lado y mi piel quedó impregnada de jazmín.
Me secaron, me dieron unas ropas extrañas que nunca había visto. Parecían de pobre, pero estaban perfectamente limpias, sin ningún rasguño. La ropa interior era minúscula. Pregunté por un camisón pero no me dijeron nada.
Finalmente abrieron una ventana y lo entendí. Seguro que habían pasado muchos siglos para llegar a eso. Era de noche, pero la ciudad estaba iluminada. Había unos extraños carros sin caballos que los empujaran que viajaban con una velocidad impresionante. Unos enormes carteles también iluminados decían cosas que no entendía. La gente paseaba por las calles, sin espadas, sin dagas, sin yelmo, sin miedo. Eso no era Avalon, pero debía ser algo parecido. Quería quedarme allí.
Fue tan grande mi impresión, mi felicidad, que me desmayé. Volví a sentir náuseas y viajé en el tiempo. Me desperté y volví a estar en esa sucia habitación, mi lecho en un rincón del suelo, un montón de paja amontanada. Me puse a llorar y Leola vino a por mí. Me preguntó qué pasaba y yo no sabía qué decirle, me iba a decir que estaba loca. Me abrazó, pero yo no tenía consuelo. Quería volver a ese mundo, necesitaba volver. Me sentí tan desgraciada, tan pobre... mi vida era tan triste, quería tener alucinaciones otra vez, no quería quedarme aquí.
Respondí al abrazo de mi amiga, me hundí en su pecho. Ella dijo que olía bien. "Tienes que dejarme tu nueva poción".
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